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Underground – Sarín, sectas y fanatismo


Underground

Underground nos lleva a la faceta de Haruki Murakami como periodista, quien atraído por el ataque de gas sarín en el metro de Tokio en 1995 a manos de la secta Aum Shinrikyo y su líder Shoko Asahara, se dedicó a hacer un trabajo de investigación de más de un año basado en entrevistas de personas que vivieron el ataque en las que pidió que narrasen su experiencia y la forma en cómo aquel suceso había cambiado sus vidas.

El libro se publicó en Japón en 1997 y un año después Murakami publicó en una revista una segunda porción complementaria basada en entrevistas con miembros y ex miembros de la secta. La publicación del libro en otros idiomas incluyó entonces ambas partes. La traducción al español nos llega un poco ‘tarde pero segura’, gracias, en gran parte, al éxito internacional del autor.

Luego de leer el libro, quisiera iniciar explicando la forma en que actúa el gas sarín. De manera muy simple, podría resumir que es como un ‘insecticida’ pero para humanos, y seguramente todos hemos visto lo que sucede cuando disparamos un poco de este a mosquitos, moscas, cucarachas, etcétera. La explicación un poco más larga implica describir cómo trabajan nuestros músculos.

Podemos dividir el trabajo de mover un músculo como un proceso de dos pasos: contracción y relajación. En el primero, las terminaciones nerviosas envían una señal a las células con una sustancia química llamada acetilcolina que actúa como mensajera. Al recibir el mensaje, los músculos se mueven, se contraen. Después de contraerse, viene la segunda etapa donde entra en juego una segunda sustancia, la encima de la colinesterasa, que neutraliza el mensaje de la acetilcolina, y relaja o prepara a los músculos para la siguiente acción. El proceso se repite así una y otra vez.

El sarín, un agente nervioso incoloro e inodoro creado en laboratorios porque no se encuentra de manera natural en el ambiente, inhibe el trabajo de la colinesterasa, es decir, la sustancia involucrada en el segundo paso de mover un músculo, la relajación, y ya se podrán dar una idea de lo que eso implica para un ser humano. Porque ¿dónde tenemos músculos? o mejor dicho ¿dónde NO? Hasta en nuestros ojos, en las pupilas, hay dos músculos que controlan su apertura. Por ello uno de los primeros síntomas de envenenamiento por sarín son las pupilas contraídas (esto sucede de forma natural en el ojo cuando se expone a un ambiente con mucha luz, las pupilas se hacen chiquitas para dejar entrar una menor cantidad). El envenenado comienza a ver todo obscuro. Los siguientes síntomas son cientos de veces más peligrosos, mortales. Los músculos de las extremidades comienzan a dejar de responder y a sufrir espamos. Lo mismo sucede con los músculos encargados de la respiración lo que frecuentemente conduce a la muerte por asfixia.

La mañana de el lunes 20 de marzo de 1995, un día antes del comienzo de la primavera, cinco hombres, todos en diferentes puntos, todos miembros del movimiento religioso Aum Shinrikyo (Verdad Suprema), se introdujeron como pasajeros a vagones del metro de Tokio con bolsas de plástico llenas de sarín mezclado con acetonitrilo para ralentizar la evaporación y envueltas en periódicos. De manera casi sincronizada, perforaron las bolsas con las puntiagudas puntas de paraguas y abandonaron apresuradamente el lugar. Los vagones siguieron avanzando mientras el gas se evaporaba dejando literalmente una estela de muerte. Aunque varios pasajeros comenzaron a sentir los síntomas casi de inmediato, tardaron algunos minutos en darse cuenta que se trataba de algo realmente grave. El gas, aspirado, en contacto con la piel y ojos o adherido a la ropa, comenzó sus estragos. El resultado fue terrible, alrededor de 6000 personas resultaron afectadas en mayor o menor grado, la policía y los servicios de emergencia así como los hospitales fueron claramente rebasados. Trece personas murieron, una cantidad relativamente baja dada la magnitud del suceso. Aún así hubo sobrevivientes con graves secuelas y efectos irreversibles, tal como deja ver las entrevistas en “Underground”, físicamente, la salud de muchos de ellos no regresó a su total normalidad. Mental y psicológicamente el daño, el trauma, también quedó marcado en varios de ellos.

Ataque con gas sarín en Tokio

Me gusta el trabajo de las entrevistas de Murakami. Aunque se trata de transcripciones, en algunas partes el texto tuvo que ser adaptado y luego pasar por un proceso de revisión y aprobación de los entrevistados. En esa etapa incluso algunos decidieron que su entrevista fuera removida. Murakami respetó la voluntad de los participantes. Fue un largo trabajo y muchas de ellas son emotivas. Hay dos que personalmente me conmovieron mucho. La primera es la Shizuko Akashi quien quedó en estado vegetativo durante algún tiempo y cuando milagrosamente despertó, tuvo que iniciar un largo proceso de rehabilitación el cuál seguramente se extenderá por el resto de su vida. El cambio de vida se extiende a su familia, en especial su hermano, quien ahora no solo tiene que hacerse responsable de su familia, sino también del cuidado de su hermana a quien tiene que visitar cada 2 días en el hospital. Todo producto de lo que él llama con justa razón, una “panda de imbéciles”. El segundo relato es el de Yoshiko Wada, quien perdió a su marido, Eiji Wada, en el atentado a pocos días que de dar a luz a su primera hija. Su relato es desgarrador, pero también es un relato de valentía y esperanza. Mientras lo leía resultaba inevitable preguntarme ¿qué habría hecho yo en su lugar?

Posterior a las entrevistas, Murakami expresa sus reflexiones alrededor de aquel suceso, el porqué no solo desde la perspectiva de la secta Aum, sino con Japón, con el país, con la sociedad. No se trató de un acto “excepcional y sin sentido cometido por un grupo de dementes”. La gente que perpetró los ataques ni siquiera venía de clases bajas o poseía poca educación, sino todo lo contrario, uno era doctor, tres tenían estudios superiores en física y el quinto había estudiado Inteligencia Artificial en la universidad. ¿Qué lleva a gente con este perfil a involucrarse con un movimiento disparatado que pretende conectar el cristianismo, el budismo, el yoga y los libros de Nostradamus? ¿Porqué a pesar de las evidencias de que Aum estaba ligado a otros atentados previos al de 1995, sus miembros no desistieron?

Para intentar contestar estas preguntas, Murakami parte de algunos comentarios de Theodore Kaczynski, el famoso “Unabomber“, el cual planteaba en sus escritos que todos como individuos pretendemos alcanzar una autonomía personal, sin embargo, el sistema, las sociedades, están organizadas para ejercer presión sobre los que no encajan en él. Son “enfermos” que deben “curar”. Para estos “antisociales” se dispara un bucle retroalimentado. La presión del sistema se convierte en una confirmación del modo de proceder del individuo, una respuesta que lo lleva a continuar y volverse más radical. Japón y su cultura serían un ejemplo muy cercano a este sistema, se distinguen por alabar el trabajo en equipo y aplastar la individualidad.

El defecto en este razonamiento es pensar en términos de un autonomía absoluta la cual no existe. Más bien el individuo debe lograr un equilibrio entre autonomía y dependencia. Cuando no se logra ese equilibrio, algunos individuos pretenden compensarlo estableciendo un sistema propio contra el ya establecido. Murakami supone que eso fue lo que le sucedió a Shoko Asahara al fundar Aum en un intento de superar una serie de vicisitudes personales. Luego llegaron los adeptos. Estos no libraban batallas personales contra el sistema sino que gracias al carisma y a una narrativa “chapucera” (el conjunto de creencias) que Asahara les vendió, se dejaron engullir y asimilaron su lucha. En Asahara y Aum hallaron consuelo y a alguien que se ocupaba de ellos en todo aspecto, inclusive el tener que pensar. “Depositaron sus valiosas individualidades bajo llave y cerrojo de ese ‘banco espiritual’ llamado Shoko Asahara”. Una vez bajo ese estado, no fue muy complicado que los adeptos cooperaran para llevar a cabo los deseos de Asahara, incluso sabiendo y estando convencidos, según confesaron algunos en sus juicios, que lo que estaban haciendo estaba mal e iba en contra de su voluntad.

“¿Teníamos nosotros una narrativa lo suficientemente potente para anular el efecto del sinsentido de Asahara?”, pregunta Murakami y afirma que esa fue la tarea que debió haber hecho la sociedad japonesa, ofrecer una narrativa más viable en lugar de simplemente reír ante “alimento de lunáticos”. Luego apunta su mira a los sistemas en vigencia, los sistemas que nos rigen y consideramos superiores, a quienes también les hemos cedido algo de nuestro “Yo” a cambio de una “narrativa”.  “¿Es la narrativa que poseemos real y ciertamente nuestra? Los sueños que tenemos, ¿son nuestros de verdad? ¿No serán visiones de otros que antes o después podrían convertirse en pesadillas?”

Actualmente, tanto Asahara como varios de los perpetradores se encuentran en prisión cumpliendo condenas de por vida y algunos de ellos, Asahara incluido, están sentenciados a muerte aunque sus ejecuciones se han ido posponiendo. Mientras tanto, la secta de Aum Shinrikyo ahora con el nombre de Aleph continua en funcionamiento aunque bajo una estricta vigilancia del gobierno. El temor persiste, nadie quiere ver repetida un tragedia parecida ni en Japón ni en ningún otro país. Esta preocupación nos concierne a todos.

Underground. Haruki Murakami. Editorial Tusquets 2014.

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