Libros

La banda de los niños


Si mueres a los 90, centenario. Si mueres a los 20, legendario

Antecedentes

Hace unos 7 años leí Gomorra, una historia que sentía sorprendente pero sobre todo tan distante. Roberto Saviano expuso a la Camorra y se ganó la atención del mundo (con mis aplausos incluidos) a costa de su libertad y un precio por su cabeza. Lejos estaba yo de imaginar que los siguientes años convertirían a México en referencia del narcotráfico, que la violencia y la inseguridad acompañada de miles de muertos nos pondría en las listas de los países más violentos del mundo y que lugares tan cercanos como Ecatepec se convertirían en los peores para vivir.

En 2014 leí CeroCeroCero, justo después de un sexenio que inició una guerra feroz contra el narcotráfico que no acabó bien. Ilusamente creíamos que las aparatosas cifras de muertos iban a bajar pero no sería así. Bajo vigilancia con escolta permanente, Saviano se dedicó a bosquejar un mapa mundial del narcotráfico que abría su telón con México y cuyo objetivo primordial era convencernos de una terrible pero posiblemente única salida: necesitamos sacar las drogas de la ilegalidad. Desde el enfoque de la salud y el ético, esta propuesta siempre genera demasiada incomodidad; pero cuando se entiende el narcotráfico como probablemente el negocio más redituable del mundo, entonces debemos regresar a nuestras clases de economía y abordarlo desde una perspectiva de mercado. Las restricciones, junto con la guerra anti-narco solo han conseguido elevar el precio del producto, la oferta, en medio de un mercado que lo demanda fuertemente y que esta dispuesto a pagar lo que cueste. La legalización no resuelve los problemas milagrosamente, pero si puede contribuir de manera notable en disminuir los enormes flujos de dinero que manejan los capos y que les permiten comprar desde armas hasta las más íntegras conciencias. Tampoco reduce la cifra de muertos por consumo de drogas, es más, de entrada posiblemente la incremente (reduciendo irónicamente la demanda), pero es diferente lamentarse por un drogadicto que no la libró, aunque sea tu hijo, a lamentarse porque tu hijo se encontró en medio de una balacera regresando de la escuela y acabó tendido en el pavimento.

De Pantaleón y las visitadoras a Nicolás y su banda

La banda de los niños es el más reciente trabajo de Saviano. Ubicada en Nápoles, la novela se inspira en personajes reales, en su mayoría menores de edad. Casi a todos nos venden la idea de que la fama, el dinero y el poder son sinónimos de la felicidad y en algunos ambientes la manera más fácil de obtenerlos es involucrándose en el tráfico de drogas, la extorsión u otros negocios ilegales. Para la gente sin escrúpulos que abunda en estos negocios, los niños representan un gran atractivo: su falta de madurez los hace fácilmente manipulables, temerarios e incluso crueles, su vigor juvenil es envidiable y por si fuera poco, cuando son capturados la Ley suele darles un castigo más suave. Para Saviano, son como peces jóvenes que embelesados por los destellos de las luces de las paranzas, las barcas de pesca que usan lámparas como señuelo, se acercan para acabar capturados en redes. Tan directa es la metáfora que la palabra italiana paranza también se entiende como “banda de niños de la camorra”.

Recuerdo que en la universidad me dejaron leer Pantaléon y las visitadoras para identificar las fases del proceso administrativo en aquel extraño servicio de prostitución que el capitán Pantaleón Pantoja tiene que montar para desfogar las ganas de los soldados del ejército de Perú. Algo similar sentía mientras leía La banda de los niños. Nicolás, el jefe de la banda, es el “empresario” atrevido y visionario. Su sueño inicial es conseguirse un acceso permanente en el exclusivo reservado del Nuovo Maharaja, un lugar de moda con protección de la mafia, y poder llevar ahí a sus amigos y su novia Letizia cuando se le antoje. Su ambición de inmediato le permite ubicar un “área de oportunidad” cuando surge un vacío en “el mercado” como resultado de algunos movimientos de las familias que controlan el negocio de las drogas. Lo que sigue es una historia de ascenso al poder con chiquillos que no alcanzan aún los 20 años y que posiblemente no llegarán a los 30. Qué importa, como dice la frase inicial, lo corta que sea la vida mientras consigan convertirse en leyenda.

El final es bueno y brusco, aunque tampoco inesperado. La banda y las demás mafias se rigen por sus propias reglas. La traición es un pecado, pero con frecuencia también el camino más común para hacerse del siguiente nivel. La historia termina con una “empresa” consolidada: ha nacido una nueva banda… y busca venganza.

Hemos perdido la batalla

Excepto por algunos detalles mínimos, tenemos que asumir que Nicolás es uno de esos “árboles que nació torcido”. Saviano no se preocupa en darnos demasiados detalles de él ni de los demás chicos. Ni antecedentes ni motivos. En ese sentido a los personajes les falta algo de profundidad. Quizá todas estas carencias sean intencionales y su ausencia se deba a que cada uno de nosotros puede tratar de inferirlas. Basta con mirar a nuestro alrededor…

Gabriel Retes en Bienvenido Welcome ya comentaba que el cine (junto con los demás medios de comunicación) y la realidad son parte de un bucle infinito que se retroalimenta de continuo:  el cine es un reflejo de la realidad y la realidad con frecuencia adopta lo que el cine dibuja. En mi colonia, la serie de moda es “El señor de los cielos”. Chicas y chicos, con un elevado porcentaje de deserción escolar, encuentran en sus personajes los rol model a seguir. De igual forma, las bandas italianas se inspiran en series como Gomorra de la cual el mismo Saviano es guionista. Remedio y mal juntos. Quizá debemos replantear el asunto, quizá hoy ya no aplaudo tanto a Saviano que sin remordimientos celebra el éxito de su serie que estrena la tercer temporada y que parece que hoy aprovecha su condición para hacer un gran negocio.

En mi intento por aportar siempre he intentado dar algo de ayuda a los jóvenes de mis alrededores. En especial a aquellos que la tienen más difícil. Los resultados han sido agridulces y últimamente se ven estorbados por este pensamiento recurrente: estamos luchando una causa perdida.  En general, en la colonia, las familias con educación y un nivel medio tienen entre 0 y 2 hijos, las familias de bajos recursos y poca educación tienen en promedio 4 hijos. La mayoría de estos hijos repetirán el mismo patrón de la familia que vienen. No se necesita ser un gran matemático para darse cuenta que estamos rebasados y difícilmente parece haber una solución. Esta desproporcionada cantidad de adolescentes solo termina engrosando las filas de una sociedad cada vez más endeble. ¿Llegaremos a un punto donde tengamos que volver a la ley del mas fuerte? ¿Existe un punto de no retorno? Mi mejor apuesta es imaginar que se trata de esas crisis que tienen que llegar a su punto más bajo y tronar para dar paso a algo nuevo y seguramente mejor, aunque seguramente muchos de nosotros ya no estaremos vivos para ese entonces.

Ilustración: La banda de los niños del periódico República

 

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Un comentario en “La banda de los niños

  1. Pingback: Libros que leí en 2017 | Blágora

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