Lo que pienso, My life

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4:20 36 y es lo hoy menos me importa. Porque solo a dos días me estrujaste el corazón con una triste noticia. Me inundaste el pensamiento con preguntas, culpas y hubieras. El daño ya esta hecho, daría lo que fuera por cambiarlo pero no puedo y ahora solo queda dejar al equipo de rescate y creer que no todo esta perdido. Como sea, un buen número de planes se han ido a la basura. Te veo ahí, joven, tonto e inmaduro imaginando que todo será fácil, la justa actitud que revela que no sabes una pizca de lo que se avecina.

Y aún así, no dejo de tener esperanza. Hay que seguir no importa cómo. Al menos ya le voy agarrando el modo. No sé si todas las alegrías que me habías dado serán suficientes para superar lo que viene. Ahora vas solo, ya poco puedo hacer por ti. Te sigo queriendo mi hermanito menor. Quieran las circunstancias que puedas hacer frente a todas las adversidades.

Para ti A.

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Libros, Lo que pienso

Luis González de Alba 

Luis González de Alba llegó a mi en el año 2000 por “El burro de Sancho y el gato de Schrödinger”, un libro que hablaba de ciencia y aún hoy es de mis favoritos. Él no era ningún físico o astrónomo, de hecho su carrera fue de psicología y toda su vida se arrepintió de no haber elegido las ciencias. Sin embargo, siempre conservó el gusto de la lectura científica y con frecuencia escribió sobre ella en libros y periódicos. Su estilo alejado del lenguaje técnico conseguía una lectura amena y digerible.

Fue hasta ese momento que conocí la otra parte de su historia, la más famosa, como dirigente del movimiento estudiantil de 1968. Leí un par de artículos en Internet pero no le dediqué mucho tiempo a esa parte, más bien, me enfrasqué en conseguir otro de sus libros: “Los derechos de los malos y la angustia de Kepler”. De este libro me interesaba su divulgación científica y la defensa de la homosexualidad, pero curiosamente me terminó gustando más por desmontar los mitos de la conquista de México y por su crítica al indigenismo, ambas partes abordadas en la sección “Las mentiras de mis maestros” que después sería incluso publicada por separado. De todos estos temas escribí algunas entradas.

Con el paso de los años le seguí la huella en uno que otro texto que escribía en periódicos y luego finalmente lo encontré y seguí en Facebook donde lo amé y odié por igual. No se andaba con medias tintas y continuamente estallaba ante la crítica. Aunque le tiraba a todos los partidos por igual incluyendo al PRI y al presidente, a veces parecía estar demasiado alineado con estos últimos, ofreciendo justificaciones y fue siempre criticado por ello. El Islam le parecía detestable en cualquiera de sus formas mientras que defendía el judaísmo e Israel (ignoro si creía en algún tipo de divinidad, yo siempre lo leí ateo aunque muy fan de la cultura judía y griega). Mantuvo un eterno conflicto con Elena Poniatowska desde que la acusó de tergiversar texto de “Los días y los años” en la novela de “La noche de Tlatelolco”. En los comentarios de los últimos años también abundaba la desacreditación al movimiento de los 43 de Ayotzinapa y sus solicitudes para que se diera la medalla Belisario Domínguez a el empleado Gonzálo Rivas Cámara que murió a consecuencia de las quemaduras que sufrió intentando apagar un incendio provocado por las protestas de  estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. A veces podías no estar de acuerdo, pero siempre me parecía una lectura obligada para ver los temas desde otra perspectiva.

El día de ayer se fue súbitamente a sus 72 años. Sorpresivo para mí pero para unos pocos se trataba de un suceso anunciado. Las últimas entradas y su publicación en Milenio (escrita con 2 meses de anticipación) tenían un olor a despedida. La coincidencia de su muerte con el 2 de octubre levantaba la sospecha que horas después se confirmaría: suicidio por un disparo en el tórax. La última entrada en Facebook y Twitter alude al Salmo 71 (“Oración de un anciano”) y la frase “No me abandones”. ¿Se estaba arrepintiendo? ¿le pesaba la vejez y la añoranza de su juventud? Una parte de mi cree que uno debe irse cuando ya no es feliz (especialmente si se sufre mucho ante una enfermedad o las limitaciones han llegado a ser un martirio) y quizá esa parte apoya un poco el comentario de Héctor Aguilar Carmín de que aquello fue “el último acto de su salvaje libertad”. Pero otra parte de mi me dice que ha sido un acto muy cobarde, que decidió tirar la toalla y con ello invalidar muchas cosas que decía y vivía. Se fue porque ya no era feliz y ese es el último sabor que me queda.

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Lo que pienso, Sociedad

Una semana de desafortunados sucesos

Dice Alex Grijelmo que nos “juzgan los jueces, los árbitros […] Pero también las palabras”. El trabajador que defiende con fuerza sus convicciones profesionales puede para unos ser “tenaz” y para otros “testarudo”. Una misma realidad, diferentes palabras, diferente juicio. Esta semana ha sido el perfecto ejemplo.

La iniciamos con la inesperada muerte de Juan Gabriel a los 66 años. La magnitud de la noticia sirvió para distraer la atención del trending de hace dos semanas: el plagio en la tesis del presidente Enrique Peña Nieto. Quienes lo minimizan mantienen la postura de “el que este libre de pecado que arroje la primera piedra” y es que en este país “todos tenemos cola que nos pisen” y “o todos coludos o todos rabones”. En el otro extremo tenemos a los más indignados que consideran que el hecho no solo es suficiente para revocar su título, sino hasta para obligarle a renunciar a su cargo como mandatario a semejanza de lo que ha ocurrido en otros países. Me pregunto qué tanto cambiaría esa postura si el presidente tuviera un nivel de aprobación del 70% u 80% y no el veintitantos que se anunció hace unas semanas. Y es que aunque el plagio sin duda es un delito, no podemos ignorar que el hecho de que se trate de uno de los personajes más odiados de nuestro país tiene un gran peso al momento de adoptar cierta postura.

Carmen Aristegui ha hecho un buen trabajo pero dista mucho de ser la periodista imparcial y mucho menos perfecta. Quizá el día que escarbe con el mismo esmero en la vida de López Obrador, de quien hace poco se puso en tela de juicio su descuadrado 3 de 3, y a su partido MORENA, le hará un gran favor a los mexicanos para emitir juicios con la mente menos nublada; aunque difícilmente lo hará porque sería el suicidio de su carrera. Por lo mientras, y regresando al juego de palabras, lo que para la mayoría es “plagio” para la Presidencia son meros “errores de estilo” y para el presidente, según las palabras de ayer en su informe, “errores metodológicos”.

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Y en esas estábamos cuando el martes se armó otro lío con la columna de Nicolás Alvarado en Milenio. La frase que más caló en millones de mexicanos con los sentimientos a flor de piel fue: “Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es […] clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas si no por nacas”. Aquel desafortunado y al parecer irresponsable comentario para el hasta ayer director general de TV UNAM desató una ola de fuertes críticas que lo llevaron a presentar su renuncia. De poco importó que en dicha columna el más grande de los párrafos aludiera al programa especial de Observatorio Cotidiano donde gente que el mismo Nicolás invitó se deshiciera en alabanzas al “Divo de Juárez” (recomiendo mucho escuchar el programa). Y es que a mi gusto hubiera sido realmente grave si su opinión personal se hubiera impuesto o se hubiera ofrecido como la visión de toda la comunidad que representa, cosa que no me parece que haya ocurrido. Tampoco importaron otras frases como en las que decía que dicha percepción era “su problema” y que “a Juanga le vengo guango”, o dicho de otro modo, que de poco valía lo que él pensara, quizá en ese sentido le hubiera venido mejor quedarse callado. Aunque no somos expertos en música, Yuri Vargas terminó dejando bastante en ridículo las acusaciones de que el cantante era un simple ‘letrista torpe y chambón’ y sus canciones más que solo “sintaxis forzada”.

Irónico y hasta sorpresivo que Nicolás se queje de las lentejuelas y las tache de “nacas” (corriente, de mal gusto) y “jotas” mientras su vestimenta extravagante que incluye un par de gafas con armazón blanco y sus modos afeminados fácilmente lo hacen caer en las mismas categorías que tanto desdeña. Regresamos al juego de palabras: “naco”, “jota”, “dandi”, “esnob”. Adelante, juzgue usted.

Pero posiblemente la más grave de estas palabras sea la de “clasista” que alude , según la RAE a la “diferencia de clase y discriminación por ese motivo”. Quizá por eso el CONAPRED ha solicitado la aplicación de medidas precautorias y hasta una disculpa pública. En lo personal, aunque admito que Nicolás Alvarado se equivocó, no puedo pasar por alto que después de lo ocurrido me queda también un mal sabor de boca en lo que tiene que ver con el derecho a disentir. Me duele pensar que para muchos la lección sencillamente será que tiene que gustar Juan Gabriel y no puedes hablar mal de él. ¿Hubiera podido Nicolás Alvarado decir lo mismo con otras palabras o de cualquier manera lo íbamos a echar a la hoguera?

Ese mismo martes por la tarde las redes sociales comenzaron de nuevo a hervir al revelarse que Donald Trump, el candidato republicano, venía a México por invitación del presidente. ¿En qué cabeza cabe? Es la pregunta que hasta el momento todos nos hacemos excepto la Presidencia de la República que ha defendido los supuestos beneficios de este acercamiento. Enrique Peña Nieto ha venido diciendo que solo tenía dos opciones: callar o enfrentarlo. Yo creo que tenía una tercera y era mejor: esperar hasta después de las elecciones. Entiendo y hasta cierto grado justifico desde una óptica diplomática que la postura de la Presidencia ante los comentarios de Trump haya sido muy blanda. Ante un escenario con Trump como presidente de los Estados Unidos se va a necesitar alguien con la cabeza muy fría y con la razón por arriba de los sentimientos.

De cualquier forma, la reunión Peña-Trump me parece un terrible e innecesario error que hiere profundamente la dignidad de los mexicanos. Peña Nieto no paró de decir que le dijo a Trump, en privado porque a nadie le consta, que los mexicanos no pagarían el muro y, de nuevo juego de palabras, que somos nosotros los que hemos “malinterpretado” sus dichos. Horas después, el candidato republicano se presentaba en Arizona diciendo “Vamos a construir el muro en la frontera … y México lo va a pagar, el 100%. Ellos no lo saben aún, pero lo van a pagar. Son personas increíbles y grandes líderes, pero van a pagar por el muro”. Así de claro ha dejado ver Trump que el mensaje de Enrique Peña, si es que realmente se lo dijo de frente, se lo pasa por los tanates. En Estados Unidos, según las estadísticas el viaje le ha favorecido a Trump dándole algunos puntos de ventaja. Otros destacan la hipocresía, el doble discurso que cambió el candidato en un par de horas, como un adelanto de lo que les espera a los que han depositado su confianza en él. Pero en México virtualmente todos nos sentimos indignados por dicho encuentro.

Y ya por último ayer, el informe de gobierno. Un mensaje que a nadie deja satisfecho, el presidente nos viene a contar maravillas de un país que nadie ve excepto él. El “nuevo” formato sigue siendo aburrido, en especial por ese discurso político lleno de labia que lo menos que ofrece son respuestas. Un auditorio lleno de jóvenes que a pocos nos sorprende que hayan sido filtrados y que la mayoría simpatice con el PRI; no iban a darse el lujo de perder el control. Pese a los elogios junto con las solicitudes de apoyo, me parece rescatable que hubo algunas preguntas buenas como la del plagio de la tesis y el asunto de los “gasolinazos”. Desgraciadamente el formato no incluye la réplica y hubo que conformarse con la versión del presidente que contenía mucha mucha paja. Culmina así una semana bastante triste.

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Lo que pienso

Haga de Facebook un papalote

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Hoy es sábado, hay que descansar, así que hice un post muy simple. Hace cuatro años escribí sobre el número de Dunbar y Facebook. Una de las conclusiones que se podía inferir de aquel escrito es esta: la calidad de las relaciones (virtuales en este caso) se reduce conforme aumenta la cantidad de ‘amigos’. Como muchos han comprobado, tener 5000 amigos en Facebook a veces es sinónimo de tener ninguno. Quizá aquí valdría la pena distinguir entre contactos y amigos, pero eso será para otro día.

De forma gradual, en el último año he ido disminuyendo la cantidad de contactos de casi 400 hasta unos 300 (en honor a la verdad, algunos se deshicieron primero de mi). El criterio fue simple: tenía poca o nula interacción. Casi en todos los casos me hacía la pregunta crítica ¿aún significa algo para mi?

Ni venganzas ni resentimientos. Fue una especie de limpieza que en cierta forma me hizo sentir mejor considerando lo que estaba pasando. Creo que esa reducción iba mejor con mi personalidad. Con esto no vengo a decirles que soy un “chingón” por mi brillante acto y que todos deberían seguir mi ejemplo o de lo contrario los consideraré superficiales. Cada quien usa Facebook como quiere y hay gente que admiro, que es brillante y que tiene miles de contactos . La decisión que tomé sencillamente convenía a mis intereses.

¿Y ustedes, qué beneficios le ven a tener muchos o pocos contactos en Facebook?

¡Que tengan un excelente sábado!

 

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Curiosidades, Libros, Lo que pienso, Peliculas

Sacrificando la vaca sagrada de la identidad

Las ideas de esta entrada están inspiradas en porciones del libro “Yo soy un extraño bucle” de Douglas R. Hofstadter.

“Epi”, la canica.

Canica

“Epi”

Cuenta Hofstadter que hace algunos años, escombrando su casa, metió la mano es una caja de cartón llena de sobres. Al hacerlo, entre el pulgar y el resto de los dedos sintió una canica que curiosamente “flotaba” en medio de los sobres.  Sin hijos en casa y estando la caja en un cuarto que funcionaba como su oficina, las posibilidades de tener una canica ahí eran sumamente imposibles. Extrañado examinó los sobres, la caja, de nuevo los sobres y nada. Fue unos minutos después que entendió lo que sucedía. En cada sobre, justo en el vértice de la “V” que forma su solapa, hay una triple capa de papel junto con una delgada capa de pegamento. Cuando apretaba por el centro el paquete de sobres perfectamente alineados, había ante el tacto algo que transmite la sensación de un objeto duro y perfectamente redondo el cual, con base en su experiencia, Hofstadter asoció de inmediato con una canica. Había sido objeto de una ilusión táctil. De no ser porque Hofstadter pudo en ese momento abrir la caja y examinar los sobres, hubiera estado convencido que de forma increíble y misteriosa se hallaba una canica ahí.

A esa canica inexistente, Hofstadter le apodó cariñosamente “Epi” en alusión a la palabra “epifenómeno”: una ilusión a gran escala creada por una confabulación de sucesos pequeños e indiscutiblemente reales.

En cierta forma, la conciencia, la identidad del ser humano, es como aquella canica, otro epifenómeno. Para Hofstadter en el cerebro humano desarrollado existe un tipo especial de estructura abstracta o patrón (el bucle extraño que dedica a explicar en su libro) que desempeña la misma función que esa precisa alineación de capas de papel y pegamento en los sobres; un patrón abstracto que da origen a lo que sentimos como el “yo”. En nuestro cerebro, a una escala muy baja (cuántica, atómica, molecular), se desatan una serie de eventos altamente complejos que vistos a ese nivel pudieran significar poco, pero que a gran escala se traducen a actividades vitales: buscar alimento, buscar cierta gama de temperaturas, buscar pareja, etcétera y también en metas individuales: tocar ciertas piezas de piano, visitar ciertos museos, poseer cierto tipo de coches.

El “yo” por tanto resulta ser también una ilusión, y una muy fuerte, es esa “canica” que todos afirmamos haber sentido y aseveramos que existe. Solo que a diferencia de la caja de cartón, nuestro cerebro no es tan fácil de examinar. La ilusión por lo tanto persiste.

El dilema del teletransportador

Una escena de teletransportación en "Star Trek"

Una escena de teletransportación en “Star Trek”

Imaginemos ahora que tenemos la oportunidad de utilizar un teletransportador. Si hemos visto películas como “La Mosca” o “Star Trek” seguramente tenemos una buena idea de lo que hace un aparato de estos. A grandes rasgos, el aparato hace un escáner detallado de nuestro cuerpo y registra los estados exactos de cada una de nuestras células (o moléculas). Esa información viaja a la velocidad de la luz a su destino donde un “replicador” crea a partir de materia nueva, un cerebro y un cuerpo exactamente igual. Un paso fundamental es que al mismo tiempo que el cuerpo original es desvanecido, reintegrando cada uno de sus átomos al ambiente. El “pasajero” pierde la conciencia un instante para recuperarla un tiempo después en otro lugar sin notar cambio alguno.

Supongamos entonces que abordamos uno de estos teletransportadores. En un “instante” (que en realidad pudo haber sido un lapso de tiempo un tanto prologando dependiendo de qué tan rápido sea el teletransportador) despertamos en otro lado un poco aturdidos y desconcertados por el nuevo lugar y el tiempo. Después de unos minutos nos examinamos y vemos que hasta el mínimo detalle de nosotros sigue ahí, quizá ese granito de grasa que justo nos acaba de salir por la mañana o la cortada que nos hicimos al rasurarnos. De igual forma, podemos recordar lo que hicimos por la mañana o cualquier otra anécdota que se encuentra guardada en nuestra memoria.

En uno de esos viajes, algo sale mal y el teletransportador no ejecuta el paso de destruir nuestro “yo” original. Despertamos en el mismo punto y entonces nos enteramos de que hay otro “yo” en otro punto del espacio (la situación, aunque no es la misma, pudiera recordar un tanto a aquella película de “El sexto día“). Las preguntas que entonces surgen son: ¿cuál de los dos sería yo? ¿puedo estar yo simultáneamente en dos lados?

Este ejercicio es interesante porque mientras que en el primer caso solemos aceptar sin reparos que efectivamente nos hemos transportado (teletransporte igual a viaje), en el segundo caso adoptamos el camino fácil contradiciendo justo lo que acabamos de aceptar en el primer caso. Razonamos que si hay dos de nosotros que son prácticamente idénticos, el primero debe ser entonces el original y por tanto el otro no solo resulta ser una copia idéntica sino más bien un clon, una falsificación, un engaño, un impostor de nosotros mismos.

¿Dónde se halla entonces en realidad el viajero en este último experimento? Podríamos, para complicar las cosas, incluir un tercer caso en el que el teletransportador si destruye la copia original, pero genera dos copias de nosotros en dos puntos diferentes del espacio.

El filósofo Derek Parfit, en su libro “Razones y Personas” analiza ampliamente esta discusión. Lo que queremos resaltar nuevamente, es esa resistencia que tenemos a considerar nuestro “yo” como algo totalmente indivisible e indisoluble, algo que Partif le llama “Ego cartesiano”. Esto parece ser un fenómeno muy natural y que en cierta forma rige nuestro sentido de supervivencia, pero me temo que también se ve aún más reforzado cuando se piensa en el concepto de “alma” que la gran mayoría de las religiones promueven y no son pocas las que afirman que algo inmaterial, espiritual, pero que sigue siendo nuestro “yo” permanece después de la muerte. Parfit se encarga entonces destrozar ese “Ego cartesiano” y afirma que el concepto de “identidad personal” carece de sentido aunque en nuestro mundo cotidiano hablar en términos de el nos facilita mucho las cosas y nuestro sentido común, nuestro lenguaje y nuestro bagaje cultural esta lleno de ese concepto de identidad.

Aunque el dilema del teletransportador no tiene respuesta definitiva, es bastante acertado concluir que en el segundo caso se tienen dos “yos”. Cuando se les pregunta a cada uno de ellos si son el original, ambos responden afirmativamente, ambos dirán sin dudarlo “Este de aquí soy yo”. Por tanto, tal como diría Dan Dennett:

El “yo” se asemeja a un billete de banco: se diría que tiene mucho valor, pero en el fondo, es una convención social, una especie de ilusión sobre la que todos estamos tácitamente de acuerdo aunque nunca nos lo hayamos preguntado y en la cual, a pesar de ser ficticia, se basa toda nuestra economía. Pero, en sí, un billete es un simple trozo de papel sin ningún valor intrínseco.

La idea (descabellada) de que podemos estar en dos cerebros a la vez, sin duda genera de inmediato una reacción intuitiva de rechazo. Si la idea de estar en dos lugares a la vez parece no tener sentido, entonces piense en intercambiar espacio por tiempo y ver cómo no tiene reparos en imaginar que usted existirá mañana y pasado mañana. ¿Cómo es que pueden existir dos “usted” diferentes y que los dos reivindiquen su nombre?

No todo es ciencia ficción

¿Cuál de todos soy yo?

¿Cuál de todos soy yo?

Quizá el mayor contrargumento a lo que se ha afirmado podría sencillamente ser que hemos estado hablando de escenarios de ciencia ficción que tienen poco que ver con el mundo real, los seres humanos reales y la vida y la muerte reales. Pero pensemos por un momento en situaciones cotidianas que pueden ayudar a desmitificar ese concepto de “yo” indivisible. Pensemos por ejemplo en las personas con Alzheimer y cómo su concepto de identidad se diluye gradualmente dejándonos claro, como tantas cosas en la vida, que la identidad no es una cuestión de blanco y negro, sino de grises, que son en realidad un conjunto de esos sobres que conforman a “Epi”. Se me ocurre también pensar en aquellas personas con problemas de personalidades múltiples y como Hofstadter afirma también, pensemos por un momento cómo las personas con las que convivimos día con día también llegan a “vivir” dentro de nosotros en forma de copias de baja resolución. Hofstadter, por ejemplo, mantiene en su memoria los recuerdos de la infancia de su difunta esposa, recuerdos que no son vivencias propias, pero que a raíz de convivir tantos años con ella, es capaz de evocarlos y representarlos. ¿Podría afirmarse que una parte del “yo” de su esposa continúa aún vivo?

Para quienes han perdido un ser querido en la muerte, esta idea, aunque triste, es a la vez hermosa. Y, en cualquier caso, para la gente de ciencia, es hasta ahora el único consuelo.

 

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Entretenimiento, Lo que pienso, Peliculas

Heli y de cómo erramos el camino

Ayer fui a ver Heli, la polémica película que le dio a Amat Escalante el premio al mejor director en el festival de Cannes de este año. Me pareció un gran trabajo aunque me hizo salir triste y un tanto cabizbajo. No es solo una película sobre la narcoviolencia, más bien la definiría como un lienzo de nuestro país retratando perfectamente muchas cosas, en su mayoría malas y decepcionantes, de lo que es ahora es.

La historia es simple y bien contada, suficiente para mantenerte atrapado pese a esas largas tomas de escenas llenas de silencio que abundan en el “cine de arte”. Advierto que lo que viene a continuación es un spoiler así que puede saltar el siguiente párrafo si no le gusta que les cuente las películas de principio a fin.

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Heli (Armando Espitia) es un joven, quizá apenas mayor de 18 años, casado y con un bebé. Vive en Guanajuato con su mujer – una joven que se trajo de Durango – su papá y su hermana Estela (Andrea Vergara) en una mal lograda casa de 2 habitaciones que encontraríamos en cualquier parte que visitemos del país. Su hermana, de unos 12 años y estudiante de secundaria mantiene un noviazgo con Beto (Juan Eduardo Palacios), un joven cadete que pese a que le lleva algunos años apenas se nota que ha abandonado la cara de niño. Es este joven quien traerá la catástrofe a la familia al hallar y hurtar 2 paquetes de cocaína y convencer a Estela de ocultarlos en el tinaco de su casa prometiéndole que los venderá y con el dinero podrán casarse y huir para hacer vida en Zacatecas. Heli pronto descubre los paquetes, los abre y sin demora se dirige al campo para vertir el contenido en una zanja llena de agua. Luego regaña a su hermana, pero el daño mayor ya esta hecho, pronto los dueños de los paquetes capturan a Beto, asaltan la casa de Heli y Estela disfrazados de militares, asesinan al padre de ellos y se llevan a Beto, Heli y Estela al lugar donde Heli se ha deshecho de la droga. Al ver que esta se ha perdido irremediablemente, los narcotraficantes entregan a Beto y Heli a unos torturadores y se lleva a Estela a un lugar desconocido. Beto y Heli son colgados y golpeados en el interior de una casa común y corriente donde hay niños jugando videojuegos y la señora prepara tranquilamente la comida en la cocina que esta al lado sin inmutarse. A Beto, que es el principal responsable, le queman los genitales con gasolina y fuego. Luego en la madrugada ambos son transportados a otro punto de la ciudad donde a Beto terminan por quitarle la vida al colgarlo de un puente peatonal mientras que a Heli lo dejan tirado a un lado. Heli, como puede, regresa a casa con su mujer quien para ese entonces ya esta acompada de la policía y dos detectives. Con la pasividad, corrupción y burocracia que caracteriza nuestro sistema se inicia la búsqueda de Estela, una que desde el inicio se respira a fracaso. Al final Estela regresa sorpresivamente con un trauma perceptible y embarazada. Gracias a uno de sus dibujos, Heli logra dar con la casa donde Estela permaneció encerrada y ahí asesina a uno de los captores. Al final todo parece haber regresado a la normalidad: de nuevo Estela, de nuevo el bebé, de nuevo Heli y su mujer todos habitando la misma casa, pero ninguno es en realidad lo mismo.

(Fin del spoiler)

Las escenas, aún incluso la de los genitales quemados que hizo abandonar la sala a algunos espectadores en Cannes, la verdad son muy leves comparadas a otras películas, llámese Hostal o Zero Dark Thirty  (o incluso A Serbian Film que si es muy grotesca). Nada que no hayamos visto u oído en estos últimos años en México y eso es lo que le da el toque aterrador y espantoso: saber que es real y que esa realidad esta ahora a la vuelta de la esquina y tenemos que convivir (¿sobrevivir?) con ella.

Pero como dije, no solo se trata solo del miedo e impotencia ante la narcoviolencia que, si bien siempre ha existido, se ha dejado sentir mayormente los últimos años.  “Heli” es un retrato muy bueno de la triste realidad que se ha venido fraguando en nuestro pais hasta ahora. Para empezar tenemos una ausencia de justicia que nos ha llevado a desconfiar de las autoridades y a brincarlas, a involucrarnos fácilmente en la violencia y en la justicia por mano propia. Es simple pasar de víctimas a agresores y viceversa. Cuando Heli descubre la droga no considera como opción acudir a las autoridades, decide actuar por su cuenta. Cuando los detectives investigan el caso, insisten en que se culpe al padre de Heli para poder “iniciar” las averiguaciones y buscar a Estela. Su incompetencia es evidente y los rebasa. Al final Heli se convierte en otro incrédulo resentido que busca justicia propia y haya cierto desahogo a sus frustaciones mientras somete a su mujer en la cama.

Por otro lado tenemos la inequidad, esa que sigue haciéndonos un país de gente o muy rica o muy pobre. Vemos a Heli y su padre trabajar en una planta automotriz en lo que, considerando la región, podría considerarse un buen trabajo, uno “bien pagado”. Aún así, el sueldo de los dos apenas alcanza para mantener en la miseria a una familia relativamente mediana. Vemos gente muy joven abandonando la escuela y entrando al mundo “laboral” que no augura nada. Vemos a Beto en la milicia, un lugar que en muchos casos se considera la mejor opción para asegurar educación y sustento a los hijos (conozco a varios vecinos y amistades en mi colonia así) aunque la factura llegue después. En su anhelo por una mejor condición de vida, Beto se envuelve con las drogas y su intento resulta un fracaso mortal.

El otro punto , a mi gusto el más preocupante, tiene que ver con la educación, o mejor dicho, con la ausencia de ella. La ignorancia se respira a cada minuto de la película en los personajes. Al inicio, una chica del INEGI llega a la casa de Heli para hacer el censo, el diálogo, como dirían algunos en sus ácidos comentarios, “parece de niños de primaria” o suena “chafa”. Me pregunto si los que dijeron eso han ido a “provincia” y convivido con la gente. Tienen razón, todos son “dialogos de primaria” y es porque exactamente ese es el nivel de educación de nuestra gente. No es raro toparte con personas sumamente tímidas y retraídas que con solo al mirarlas a los ojos se sienten intimidadas. Articulan unas pocas palabras, ya ni siquiera pensar en que sean capaces de analizar y argumentar porque pocas veces lo han hecho en su vida. Aún hay lugares donde predomina la idea de que la educación escolarizada no se necesita. ¿Para qué si ni hay trabajo? dicen con cierto acierto algunos. Excepto que la educación no solo sirve para eso.  Ante los detectives levantando su denuncia, Heli siente que algo no va bien pero no es capaz de hacer algo, nos pasa seguido ante las autoridades, no sabemos ni nuestros derechos ni cómo proceder.  Pero con saber sumar y restar para algunos es suficiente y las mujeres ni se diga, aún oímos comentarios de que solo deben preocuparse por saber cocinar y cambiar pañales. Como la familia de Heli, la escuela es un mero requisito y la gente se “instruye” viendo la televisión (cuya programación es por cierto terrible). Insisto, la educación y enseñar a la genta a pensar es fundamental y prioritario. Alguna vez alguien me criticó diciendo, eso solo traerá delincuentes y narcos más inteligentes. No importa, prefiero mil veces eso a lo que veo ahorita y lo prefiero porque sé que no sucederá así tan malo como lo pintan. Quizá por eso insisto en compartir conocimiento, libros, tiempo con tal de que la gente de mi alrededor aprenda. Tengo fe en que eso es parte fundamental para lograr un cambio.

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El otro gran tema son los jóvenes y su desalentador futuro. La película gira entorno a ellos. Para muchos el sueño no va más allá que el de casarse y formar una familia. Tener un trabajo ya es pedir demasiado. Para colmo, aún esos raquíticos sueños se rompen. Heli lleva una vida “normal”, sencilla pero funcional, quizá hasta podríamos decir feliz. Pero su mundo demuestra ser demasiado frágil. De la noche a la mañana un evento mínimo, un pequeño error, les cambia la vida drásticamente y no pueden hacer nada para minimizar sus efectos. Una sombra negra se cierne sobre ellos dejando cicatrices físicas y emocionales. No son los únicos, a su alrededor percibimos lo mismo. Entre los hijos de los torturadores se esta gestando una nueva camada de asesinos y drogadictos que, cuales cuervos, quizá un día les saquen los ojos a sus padres de la forma más literal que gusten. El mismo hijo de Heli, un pequeño de meses, ya es víctima de la frustación y violencia de su padre. Estela termina en la necesidad de un tratamiento médico y psicológico que no puede costear y con un embarazo no deseado (la enfermera le advierte que no puede abortar porque las leyes del estado lo prohiben). Jóvenes con sueños rotos, obligados a madurar antes de tiempo. Algo se ha fracturado en todos ellos y no volverá a ser igual. Y son ellos una metáfora de toda una generación de mexicanos.

¿Para qué ir a ver al cine algo que vemos todos los días en las noticias? Violencia innecesaria dirá mucha gente. Yo les respondo que tienen razón y que a nadie se obliga a ver algo que no quiere. Nunca olvidaré las palabras que dijo cierta persona: “Si las terribles noticias les causan demasiada ansiedad, no las vean. Si, es negarse a la realidad, pero a veces es la única salida cuando uno esta demasiado vulnerable”.  Así que véala bajo su propio riesgo. Lo que si creo es que Amat no intenta vendernos la violencia sin sentido y alimentadora del morbo que se ve en otras películas, de haberlo querido así el filme tenía oportunidad de incluir escenas mucho más crueles y no lo hizo. Al contrario, me parece que cuenta una buena historia haciendo de esta una película comparable a lo que fue en su momento Canoa o Rojo Amanecer que por cierto, tampoco estuvieron exentas de escándalo. Al mirarla hay que hallar un punto de equilibrio porque ni podemos cegarnos a una realidad incuestionable ni tampoco podemos englobar a nuestro país lo que se muestra en un filme.

Asi que al final espero, para quienes decidan verla, que genere un momento de reflexión y pese a las tristezas que les pueda dejar también les impulse a generar ideas de lo que cada uno puede hacer para poner un granito de arena en un intento por cambiar esta realidad en nuestro país.

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